miércoles, 21 de febrero de 2018

Call Me By Your Name: mucho más que un amor de verano





Hay rótulos dentro del cine indie que ya se convirtieron en clichés y en subgéneros, podríamos llamar a algunos de ellos coming of age, summer of love, cine LGBTIQ. Call me by your name, el último film de Luca Guadagnino basado en la novela de André Aciman de 2007, cuadra perfectamente dentro de estas etiquetas pero tiene un distintivo que lo hace trascender a lo categórico.

Quizás es su belleza poética y bucólica, en la que cada escena de la campiña italiana parece salida de un cuadro de pinceladas vibrantes y en colores llenos de vida. O quizás sea el seno familiar receptivo del que parte, donde la buena educación y contención actúan como rescate frente a la mediocridad. Quizás es la economía del lenguaje, que transmite más con gestos y acciones que con palabras. Quizás es su naturaleza desafiante y exploradora, que se aventura en un viaje a lo profundo de las emociones y pasión, dejando a un lado los prejuicios.

La historia transcurre durante 1983 en Crema, un pintoresco pueblo al norte de Italia en el que una familia de elevado nivel económico y cultural vacaciona en su casa de verano. Elio Perlman (Timothée  Chalamet), hijo único de 17 años, pasa los días junto a sus padres, que cada temporada reciben estudiantes de intercambio. En esta oportunidad, el invitado es Oliver (Armie Hammer), un agraciado universitario norteamericano en sus medianos 20 años de edad que va a completar su doctorado con el padre (Michael Stuhlbarg), un profesor y arqueólogo especializado en cultura greco-romana.

Los días, al igual que el ritmo de la película y la relación entre los dos protagonistas, transcurren de forma sosegada, como suele ocurrir en las ociosas tardes veraniegas donde se detiene el tiempo, entre siestas, lecturas, prácticas de música clásica al piano, charlas políglotas, recorridos en bicicleta, salidas nocturnas y excursiones por la laguna y el exuberante paisaje campestre. 

Al comienzo Oliver muestra soberbia y no parece ser bien recibido por Elio, que se siente amenazado y algo desplazado con perder su rol familiar como hijo prodigioso ante la llegada de un extraño. Pero aun así, él le provoca una gran curiosidad y admiración, ya sea por sus habilidades como bailarín, su destreza jugando al vóley, el éxito que tiene con las mujeres o la aceptación que recibe por parte de su exigente círculo familiar.  Poco a poco, la confianza  entre ambos va fluyendo en pequeñas dosis de seducción, encuentros, desencuentros y desafíos que van armando una narrativa circular y dejando implícito rastros de una atracción mutua, aunque siempre es el joven Elio quien da el primer paso, sostiene la mirada erotizada y de alguna forma ‘blanquea’ sus emociones. Oliver, por el contrario, al principio se muestra evasivo y esquivo ante la idea de tener una relación con el menor, aunque más tarde va ablandando la coraza y aceptando su vulnerabilidad.

Por todas aquellas palabras que ambos no pueden expresar completamente, aparece el arte sensorial de Guadagnino para manifestarlas y corporizarlas, a través de metáforas visuales y  táctiles donde el deseo aflora de forma tentadora (vale la pena ver con atención las escenas de Elio rompiendo la cáscara de un huevo poché en el desayuno o explorando la curvatura de un durazno suculento con el que fantasea, las proyecciones de diapositivas de esculturas masculinas y su padre advirtiendo la belleza que contienen esos cuerpos ambiguos sin edad, que incitan a ser deseados. 
Pero también Guadagnino recurre con mucha sutileza a citas de la historia, literatura o música para interpelar un tema que en otros tiempos fue tabú, el de las relaciones gay. No es casual que vayan de expedición a explorar un tesoro enterrado en lo profundo del mar que queda expuesto a la vista. Tampoco lo es la lectura de su madre traductora (Amira Casar) de una novela romántica francesa del siglo XVI que filosofa y se cuestiona si ‘¿Es mejor hablar o morir?’. 
Hasta el uso del tema pop ‘Words’ de F.R David referencia a eso que queda dicho entre líneas pero los personajes no terminan de balbucear.

Lo atractivo del film es que el director no pone foco ni en la diferencia de edad que se llevan los actores ni en la historia homosexual que desarrollan, sino en la sensibilidad que despierta el descubrimiento del amor y el sexo en una primera experiencia idílica que deja una marca en la vida. La cuestión pasa a ser universal pasando por alto el género: por eso  todo aquel que haya amado de forma intensa y profunda probablemente podrá reconocerse en Elio y en su montaña rusa emocional: que va de la desconfianza, miedo o confusión a la atracción y entrega absoluta (y en eso, hay que reconocer que Timothée Chalamet merece un párrafo aparte por su reveladora actuación en un rol bastante comprometido al que interpreta con mucha naturalidad).

La apertura de vivir una experiencia amorosa movilizante cierra el círculo con una excelente conversación de padre a hijo que es clave en la intención de la película y que todos deberían incorporar como consejo de vida. Así mismo, el tema acústico ‘Mistery of Love’, compuesto por Sufjan Stevens, también resume esa pregunta que esconde la incertidumbre del amor: ¿algún día cesarán las maravillas?

Como la sensación que despiertan unas vacaciones de verano aisladas de todo, al principio la dinámica puede resultar lenta pero luego, cuando el ciclo se acerca a su fin y quedan los días contados, nadie quiere que se terminen y todo se vive con una conexión más rápida, urgente e intensa en donde no hay tiempo que perder, como en esta hermosa y memorable historia.


Txt: María Gudón





















Otras películas similares para ver:

Blue Is The Warmest Color  (2013) – Abdellatif Keniche
Carol (2015) – Todd Haynes
La Grande Bellezza (2013) – Paolo Sorrentino
The Dreamers (2003) – Bernardo Bertolucci 







martes, 15 de agosto de 2017

Los Espíritus – Agua Ardiente



Si con el primer disco homónimo Los Espíritus comenzaban a sobresalir del under y con Gratitud se posicionaban bajo un sonido y estética propia, Agua Ardiente, su tercer trabajo, definitivamente oficia como la obra consagratoria en la que se condensa su identidad musical y un posible salto al mainstream.

El crecimiento del sexteto de La Paternal fue una parábola ascendente en este último lustro, con shows cada vez más convocantes y giras por varios países latinoamericanos, lo que en parte explica ese mestizaje tan rico y atractivo en su paleta, con géneros como el blues, los mantras psicodélicos, la instrumentación chamánica y el rock de arrabal. Si el secreto está en la mezcla, el grupo supo encontrar la receta perfecta para lograr servir en la mesa en tiempo justo un plato fuerte, caliente y picante.

El concepto de Agua Ardiente que ilustra la portada es ambivalente y puede referirse tanto a las aguas termales terapéuticas que ofrece la explotada naturaleza, como al caldo hirviente que escapa de una olla en ebullición, el mismo aire enviciado que se respira en la ciudad desamparada en pleno calor de verano, donde prácticamente no hay reparo del amarillo agobiante.

El disco abre con ‘Huracanes’ a pura base machacante. Entre pedales de wah-wah  y solos de guitarra espaciales y hendrixianos,  Prietto lanza toda una declaración estoica de principios: ‘Como mares que quiebran las rocas o huracanes que llevan las olas así de fuerte somos (…) vamos caminando hasta el sur hasta encontrar lo que olvidamos entre el oro’.  La búsqueda de ese dulce néctar de recompensa espiritual también aparece en el folk rutero de ‘Jugo’ y con ello el elemento de la repetición, que reafirma el poder  de la simpleza lírica y reitera un clima circular en donde el valor de la palabra se va a amplificando.

Se enciende la caldera y un sonido más global y centroamericano se deja escuchar en ‘Perdida en el fuego’, un bolero  cantando por Santiago Moraes  (que parece punteado por Marc Ribot o Ry Cooder ) sobre  la estigmatización femenina y la caza de brujas, algo que en estos tiempos de fuerte conciencia social adquiere otro peso.

El bluegrass rockero  ‘La Rueda’ continua subiendo la térmica unos cuantos grados más narrando la ecuación capitalista de ‘dinero, sangre y humo’ que mueve al mundo y destruye a la Pachamama. Bajo una síntesis magistral disparan: ‘La rueda alimenta a unos pocos para nosotros no hay más que palizas o entretenimientos para poder aguantar vamos a trabajar y después a comprar y hacer la rueda girar y girar y girar’.

El disco se sumerge en las profundidades de esa jungla urbana de miserias pero tiene momentos en donde sale a la superficie a tomar aire, con canciones más atmosféricas y volátiles que hacen mención a cierta esperanza luminosa como ‘Esa Luz’, donde se luce el guitarrista Miguel Mactas poniendo en diálogo a su guitarra con la de Moraes, y ‘Luna Llena’, un western noctámbulo y oscuro que vaticina ‘si cambian los colores del cielo, mis ojos también cambian’.

Volviendo a aterrizar en el asfalto, merece un párrafo aparte el bloque ‘La Mirada’, ‘Mapa Vacío’ y ‘Las armas las carga el diablo’, una postal fotográfica de la tensión y resignación contenida en estos tiempos. Como buen observador de lo cotidiano, sin nada que envidiarle a Javier Martínez o a Luca Prodan, en el primer blues suburbano Prietto habla sobre el pibe que mira al hombre y le sostiene la mirada en el subte, la mujer que esquiva el acoso en la parada o la relación de poder  entre patrón-empleado. Temáticas que encuentran un correlato con la obra anterior en ‘Negro chico’ o ‘El Perro Viejo’. La poesía barrial periférica continúa de la mano de Moraes en ‘Mapa vacío’, la descripción de un horizonte sin líneas visibles,  para cerrar con otro blues podrido en el que apuntan su lanza filosa hacia el funcionamiento político, policial y mediático, dejando en evidencia de qué lado de la vereda están: ‘las armas las carga el diablo y las urnas si está de humor. Si le anda la lapicera le agrega un verso a la Constitución’.

Mediando entre lo naturalista y las calles funestas  y terrenales,  se cierra el disco y apaciguan las aguas con ‘El Viento’, una danza espiritual de rock con bases a lo Billy Bond / Pappo’s Blues donde lo tribal e indígena emerge de las percusiones de Fernando Barreyro y las baterías de Pipe Correa.

Si, como dice Bob Dylan, ‘la respuesta está soplando en el viento’, Los Espíritus la encuentran en los poderes telúricos y ancestrales de nuestra querida, sabia y subestimada tierra, que susurra: ‘correrá mucha agua, correrá mucha sangre, soplará mucho el viento, cada una de nuestras voces se apagará, una a una bajo el silencio de la luna’.

Agua Ardiente  es, entonces, un resultado directo, consolidado e inmediato a este tiempo que  mantiene la llama visceral en toda su extensión.  Una radiografía que expone desde el nivel micro lo azotada que está América Latina entre el calentamiento climático, la globalización, la explotación de los recursos y la ilusión de querer escapar  cual roedores de ‘la rueda’ circular tercermudista. Tal vez sea el agua de cielo la que apague semejante incendio.

Txt: María Gudón    




viernes, 19 de mayo de 2017

Slowdive en Niceto: Música para viajar en el tiempo y el espacio




El escenario de Niceto Club, iluminado tenuemente en tonos magenta, y el instrumental ‘Deep Blue Day’ de Brian Eno invitaron de primer momento a sumergirse en las profundidades oceánicas. Bajo esa atmósfera fría, y con un cuarto disco homónimo recién salido tras más de dos décadas inactivos, es como la banda inglesa Slowdive debutó en Argentina.

Al igual que varios grupos que fueron de culto en su momento y que hoy, reunidos, saborean otra popularidad, el show local de los shoegazers era esperado por oídos experimentados y nuevos. Aunque tardó su buen tiempo en llegar (dado que lo más cercano fue una presentación solista y folk de Neil Halstead en Boris allá por el 2013), vino acompañado de nuevas canciones que se complementan con el pasado pero le aportan cierta cuota de novedad. La prueba se oyó con la apertura ‘Slomo’, con una introducción extendida donde las voces de Neil y Rachel Goswell se van cortejando mientras a su alrededor se construye una base que pone los cimientos de su arquitectura sónica. Unos cuantos acoples y reverberaciones más arriba, la banda desempolvó de su primer EP (1990) los temas ‘Slowdive’ y ‘Avalyn’, un soundscape eterno donde la calma se pone en jaque atravesada por guitarras rabiosas e infernales. ‘Catch The Breeze’ también formó parte de ese bloque noise llevando el ruido a un extremo para luego pasar la página con el respiro ambiental y ensoñador ‘Crazy For You’, sostenido por un arpegio de aires gravitatorios.

En sus tres discos de estudio, Slowdive siempre desarrolló climas, jugando con los silencios y el minimalismo (Pygmalion) o con una profusión de efectos (Souvlaki) a partir de delay, chorus, flanger, multi layering de guitarras procesadas y voces angelicales como denominador común. Lo que siempre primó en la búsqueda fueron los estados musicales abstractos por encima de cualquier estructura formal de canción, algo que en este nuevo trabajo cambió y se pudo apreciar cuando sonaron ‘Star Roving’, ‘No Longer Making Time’ y ‘Sugar For The Pill’, temas más up-tempo donde lo melódico acentuó su madurez evolutiva.

El momento más cósmico de la noche llegó con ‘Souvlaki Space Station’, un viaje sideral que aumenta su fuerza  alcanzando un clímax por el choque de instrumentos, que impactan en los oídos como si se tratara de una colisión planetaria.

Alison’ y ‘When The Sun Hits’ aparecen como anthems noventosos y despiertan toda una paleta de sentimientos tan melancólicos como nostálgicos. Casualmente,en esos temas se ven intentos tímidos de pogo entre el público que llaman la atención de Goswell, quien asegura que es la primera vez en la historia que se arma moshpit en sus recitales y que ella solía hacerlo años atrás, cuando asistía a conciertos junto al bajista Nick Chaplin.

El cierre perfecto llega de la mano de ‘Golden Hair’, un tema de Syd Barrett que recita los versos de James Joyce con particular misticismo al que Slowdive convierte en vivo en una obra maestra de post-rock. La voz celestial y etérea de Rachel eleva a otra frecuencia y abre un portal imaginario que culmina en un big bang musical, con una bola de distorsión amplificada que desborda la capacidad auditiva y pega de lleno en lo sensorial (sí, desbarrancando a Swans del ranking).

El encuentro llega a su fin y no tardan en venir los bises. Pero antes el clima se corta en seco cuando uno de los stage managers acerca una torta y suena el feliz cumpleaños para celebrar el natalicio de Rachel. Ya para ese entonces, ‘She Calls’ y ’40 Days’ terminan resultando yapas de una noche completa que, más que un show convencional de rock, ofreció una experiencia movilizante.

Txt: María Gudón
Ph: Vicky Polak




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viernes, 3 de marzo de 2017

T2 Trainspotting: rescate emotivo de un pasado que devora al presente


Mark Renton corre en la cinta transportadora a la par de los demás joggers en el gimnasio, en buena forma y con ropa deportiva. Aquel junkie de mediados de los 90 ahora no transpira por la abstinencia narcótica sino por seguir en carrera en la vorágine yuppie que lo llevó a desengancharse del tren. Pasaron 21 años pero los grados de separación entre quien era y es mantienen cierto espesor. Ejercitando cuerpo y mente vienen los recuerdos y también los golpes, y, correr continúa siendo su forma de escapar (ya sea en la clásica escena que sonríe como lunático luego de chocar con un auto tras robar para comprar droga, inyectándose un chutazo evasivo de heroína o traicionando a sus amigos para irse con el dinero a iniciar una nueva vida en Amsterdam). 
Renton regresa desde Holanda a Edimburgo y, desde el momento en que pone un pie en la ciudad, se desenrolla un trip nostálgico, con sus gloriosos recuerdos pero también con las peores miserias que brotan de ellos. Las viejas postales que en 1996 eran símbolo de la cool britannia y moldeaban la cultura pop demarcando un estilo de vida, género musical o imagen estética hoy siguen enchinchadas en la pared empezando a cubrirse de polvo. Su revisionismo no deja de ser un lindo ejercicio emotivo pero los tiempos son otros y nuevos signos fueron atravesando la sociedad: el espectáculo exhibicionista de las redes sociales, el consumismo para aplacar temporariamente la depresión, la explotación encubierta y avalada por el capitalismo, la visión panóptica que generan los reality shows y la globalización en la era líquida de instantaneidad y conexión, por nombrar algunos. Ahí es cuando se cae en la cuenta que dos décadas no son nada y lo son todo. Y, en estos años, ese mismo sabor dejaron las historias del squad de escoceses formado por el torpe pero adorable Spud (Ewen Bremmer), el codicioso Sick Boy (Johnny Lee Miller) o el irascible Begbie (Robert Carlyle). Desde una mirada profundamente desoladora, cada uno arrastra ecos fantasmales que siguen resonando a distancia. Sus historias los fijaron en una realidad tan o más triste que en la precuela: Spud no logra superar su adicción, Simon sigue involucrado en negocios turbios usando cartas de chantaje y extorsión y Begbie escapa de la prisión con la misma sed de venganza con la que entró a la celda. El protagonista Renton (Ewan McGregor) parece ser el más ileso por las marcas del tiempo pero, aun así, su estabilidad tiembla al viento como un papel. Todas las historias dejaron heridas abiertas que nunca terminaron de cicatrizar de las que todavía supura ira, competencia y rencor a partir de una oportunidad y una traición que quebró los lazos amistosos. Entonces ahí es cuando entra en juego el cuestionamiento del irónico lema ‘Choose Life’. ¿Hasta qué punto los personajes eligieron voluntariamente el rumbo que darle a sus vidas y hasta qué punto fueron presos de sus malas acciones / decisiones o las de otros? ¿Hasta qué punto uno elige o puede no elegir?
El espectador recorre con ojos de turista el relato de una brecha generacional. Y, aunque emocionalmente haya cierta identificación o compasión con los personajes por las arenas movedizas en las que parecieron estancarse sus vidas, el film no muestra piedad ni debilidad por las consecuencias de ninguno. Cada cual encontró razones para justificar su forma de obrar desde su lugar y es en el contraste de historias donde todavía  se siente que el hilo de tensión no se terminó de cortar

Lo que en algún momento pareció divertido hoy desde un envase corporal más curtido no lo es tanto y las escenas icónicas de la pandilla de outsiders que fueron trademark de lo cool, bajo los pies de las cuatro décadas pueden leerse como algo penoso. Ni las borracheras, ni ir a bailar a la misma discoteca viejos clásicos, ni volver a compartir una dosis entre amigos o rodearse de sangre joven tiene punto de comparación con un recuerdo cristalizado en la memoria e impermeabilizado contra el envejecimiento. Ninguno de esos intentos revitalizará lo vivido originalmente. Y eso Danny Boyle lo tiene más que claro en este segundo film, que se encarga de alimentar el mito antecesor a partir de flashbacks, basado parcialmente en la novela ‘Porno’ del escritor Irvine Welsh. Por eso, nos sentimos extraños e invasores como el Renton adulto que entra en la ex habitación de la casa de sus padres. Las cuatro paredes empapeladas que contuvieron recaídas, rehabilitaciones, sexo y alucinaciones hoy se ven y quedan chicas al lado de la dimensión que esos recuerdos ocupan en el imaginario.
 T2 Trainspotting expresa eso en una escena clave que se convertirá en clásica del cine: cuando al comienzo Mark apoya la púa sobre el explosivo tema ‘Lust For Life’ de Iggy Pop en su tocadiscos, inmediatamente saca el vinilo porque no tolera escucharlo. Esa música representa el vívido soundtrack de sus mejores y peores días. Es aquel amigo que te puede hundir hacia el abismo o sacar a flote a la superficie justo a tiempo. El rechazo, agrado o gusto amargo que puede evocar genera un reencuentro con el propio pasado, algo de lo que no se puede escapar jamás.  Aunque La Iguana este presente de forma remixada y nueva, detrás de la fachada sigue sonando como el mismo viejo y querido James Osterberg de Detroit. Las historias de estos cuatro antihéroes también, ya que encuentran en esta segunda entrega nuevas formas de ser presentadas desde una piel vieja.
Txt: María Gudón













martes, 15 de noviembre de 2016

Travis en el Gran Rex: grandes melodías que trascienden cualquier moda



La salida del octavo disco de Travis,  Everything at once, al igual que el anuncio de su tercera visita a Buenos Aires, fue con mucha discreción. Posiblemente el álbum no figure en los principales anuarios de revistas a fin de 2016 ni sus cortes hayan tenido demasiada rotación radial, al menos no como en su época de oro. Si se toma a eso y las tendenciales musicales  actuales como parámetros de éxito, entonces la banda escocesa  puede izar la white flag dando la batalla por perdida. Pero la realidad es que a miles de kilómetros del otro lado del Reino Unido se ganaron otra cosa valiosa: un Teatro Gran Rex lo suficientemente colmado que los espera buscando otros recursos: las canciones como vehículo de conmoción.

La banda sabe lo que el público desea escuchar e irrumpe en medio de un decorado de edificios de colores (que ilustran la portada de su último trabajo) abriendo el show con ‘Sing’, el himno country-pop con banjo que los catapultó hacia la fama  a comienzos de los 2000, cuando el Brit Pop parecía dejar una escena huérfana con ellos, Coldplay y Keane como únicos herederos de la corona. Acto seguido suena ‘Selfish Jean’ con arpegios pop y base á la Motown y ‘Writing To Reach You’, el tema más próximo a ‘Wonderwall’ que una banda de estirpe británica podría haber compuesto post-Oasis.

El repertorio circula entre siete discos de estudio pero se centra con fuerza en el material de los primeros y aclamados The Invisible Band y The Man Who, del cual repasan la balada ‘As You Are’ y ‘Driftwood’, que dan cuenta del porque fueron rotulados tantas veces bajo el género azucarado twee pop.

Francis Healy se siente como en casa y, dado que a diferencia de los festivales anteriores esta vez Travis capitaneó su propio show en la intimidad de un teatro, el contexto  facilita otro acercamiento con el público y las ganas de explayarse del líder.

Hace 26 años que somos amigos y nos llegó el éxito de forma accidental. Nunca compusimos una canción para pegarla en la radio o vender discos, las hacemos dedicadas a alguien que queremos,  una pareja o un amigo. Cuando vamos a las radios no nos entienden. Nunca vamos a hacer cosas comerciales para vender por demás, hacemos lo que realmente sentimos’  explica el cantante, dejando en claro que sus talentos quedan a merced de las exigencias que demanden las canciones. Ante los fuertes aplausos continúa demostrando su familiaridad y lazos con el país: ‘En Glasgow, Escocia, de donde somos, la gente se parece bastante a la de acá: son pasionales y con los pies sobre la tierra.  Esas cosas nos hacen sentir como en casa’ menciona, ganando la confianza de la gente e invitando a que sienta parte del grupo.

Healy anuncia el tema ‘Animals’ (del último disco) como una de las composiciones favoritas del bajista Dougie Payne,  de quien más adelante también sonará ‘Moving’, y luego dedica ‘Re-Offender’ a su madre, contando un episodio  de violencia familiar como pie introductorio para explicar que el tema trata sobre salir adelante en una relación conflictiva.
Suena ‘Side’ y pegado a eso el cantante se baja del escenario para repartir una infinidad de besos, abrazos y selfies entre la gente y cantar parado desde las butacas (!)  ‘Where You Stand.

Healy vuelve a hacer un parate para mencionar que ‘Paralysed’ (otro de los pocos temas del último disco que sonaron en vivo) habla de la adicción tecnológica y lo anestesiada que esta la sociedad mirando todo a través de la pantalla y luego da lugar a la hermosa  balada sensible ‘Closer’, salida del gran disco olvidado The Boy With No Name.

Lo atractivo de Travis es que la entrega escénica viene desde un lugar sincero donde no existe la pose: son un grupo de amigos a los que se los ve cómodos haciendo lo que más les gusta de forma espontánea y manteniendo un bajo perfil  que no opaque su trabajo melódico, por eso es difícil que no despierten simpatía.  Los años les pasaron factura física, especialmente al cantante,  una especie de Thom Yorke listo para ser audicionado en el casting del Náufrago. Pero a su música y actitud aún no les llegó la mayoría de edad y ellos se divierten como chicos saltando por el escenario,  juntando espaldas con guiños cómplices mientras tocan, ejecutando solos tirados desde el piso, incentivando aplausos y participación del público y hasta moviéndose de forma payasesca (merecen un párrafo aparte Payne y el guitarrista Andy Dunlop).

Hay algo que se llama ‘química’ que aún no se perdió y el cantante  lo enfatiza contando que hace 20 años transcurrían los primeros ensayos  en un reconocido pub de Glasgow y que de esas juntas salió lo que se considera el mayor himno de la banda ‘All I Wanna Do Is Rock’, el momento más rockero del encuentro.

Para la despedida cierran con ‘Turn’. Los bises no tardarían en llegar y Francis reaparece solo para marcar uno de los puntos más altos de la noche: llevar ‘Flowers in The Window’ a su mínima expresión,tocándola a capella y sin microfonear, para lo que pide colaboración y silencio del otro lado. Si en la cancha se ven los pingos, ese momento determina  que Travis es una banda grandiosa de melodías  que no necesita más ornamentos de base que la canción despojada para lograr movilizar.

La última estocada, de nuevo  con la formación completa, viene dada por ‘3 Miles High’ (dedicada especialmente a su club de fans local), ‘Magnificent Time’  (un tema jueguetón con guiños a ‘Obladi oblada’ que, al igual que en el video, viene con instructivo coreográfico) y, predeciblemente, pero sin perder su efectividad emotiva, ‘Why Does It Always Rain On Me?’, el hit de todo antinhéroe al que no lo acompaña la suerte.

Quizás el momento de furor  en la trayectoria de los escoceses ya haya pasado hace lejos y hace tiempo y esos días no vuelvan más. Pero lo que se ve en la actualidad es una banda que envejeció dignamente creyendo en su propuesta: canciones simples compuestas magistralmente. Ese poder vence a cualquier moda y traspasa cualquier tiempo.


Txt: María Gudón
Ph: cortesía de Zattti para DF Entertaiment







viernes, 21 de octubre de 2016

Iggy Pop: poder de agite en crudo y sin fecha de consumación



Las últimas veces que Iggy Pop se presentó en suelo argentino  estuvieron separadas por diez años de diferencia: 1996 junto a The Ramones y Die Toten Hosen en River, 2006 junto a The Stooges en el Club Ciudad y este 2016 en Tecnópolis en el marco del Festival BUE, en el que (aunque fue vetado de los planes) se esperaba que viniera acompañado de la backing band con la que grabó su recomendado disco Post Pop Depression, una celebrada reinvención de su carrera luego de varios desaciertos para el que lo acompañaron Josh Homme , Dean Fertita (QOTSA, The Dead Weather) y el bestial baterista Matt Helders (Arctic Monkeys).

Los años no vienen solos y surge la pregunta obligada: ¿podrá bancársela sobre el escenario a sus 69 con un show a la altura y semejanza de la furia animal de las presentaciones anteriores?
Sin muchos rodeos, bordeando las 23:15 hs la Iguana sale a derribar prejuicios para avivar a un público que quiere arder  bajo la llama del rock & roll auténtico, lejos de las poses y tibieza.  El riff metálico de ‘I Wanna Be Your Dog’ despierta a que un mar de cuerpos transpirados se agite entre saltos y pogo  y, el muy descarado, a menos de dos minutos de show, se baja de escena para romper la barrera con el público entrando en contacto con los primeros fans detrás del vallado, esquivando al personal de seguridad  (que se ve obligado a trabajar más que de costumbre) y fotógrafos, a quienes les deja unas cuantas placas al alcance del disparador.

Pegado a eso y sin respiro, tira al hilo dos clásicos solistas de 1977 como escupitajos: ‘The Passenger’ y ‘Lust For Life’, el anthem heroinómano resurgido en los años 90 gracias al soundtrack del film de la cool britannia Trainspotting.  Después de ese enganche demoledor, si  arrancó así ¿qué queda para el resto del show? un repaso por paradas menos populares  que contentan a los más conocedores: ‘Five Foot One’ del disco New Values (1979) y ‘Skull Ring’, el hard rock con intro a lo ‘Peter Gunn’ incluido en un álbum homónimo de colaboraciones de 2003 que pasó sin pena ni gloria en términos comerciales.

Iggy pasea su andar cojo de un lado al otro del escenario lanzando piñas voladoras esquizoides al aire y repitiendo incasablemente la palabra ‘fucking’ cuando dialoga, con su pelo lacio y su cuerpo  combatido pero magro al descubierto.  Verlo en acción es un shot de vitalidad y energía para los sentidos. Lejos de estar solo, atrás lo secunda una banda que encuentra afinidad con el sonido potente y distorsionado que requieren sus temas garageros, con Kevin Armstrong cubriendo el fuzz de los irremplazables guitarristas Ron Asheton y James Williamson, Ben Ellis en la solidez del bajo, Seamus Beaghen enloqueciendo en los teclados y Matt Hector aporreando duro a los parches.

Así, bien al taco y a todo volumen, suenan desde una torre de amplificadores VOX  ‘Sixteen’ y ‘1969’ de los Stooges, la génesis proto-punk  de los rebeldes y apáticos en un año que no ofrecía  ‘nada para hacer’ a lo largo y ancho de USA frente a la escena hippie dominante.

En ‘Real Wild Child’, el héroe salvaje y valiente vuelve a bajar del stage para establecer nuevamente contacto con la gente, mientras canta el rock & roll de Johnny O’Keefe al que le puso estampa ochentosa en Blah Blah Blah.

Lo que viene a continuación se puede leer como un homenaje a Bowie y a las producciones discográficas que compartieron en la etapa de Berlín. ‘Some Weird Sin’ se apodera del espíritu outsider  - vicioso de Lust For Life para entrar luego en un terreno más industrial, mecánico y frío con tres temas destacados de The Idiot.  La voz de Pop descansa sobre un tono barítono y robótico para ‘Sister Midnight’ mientras que invita a enfilar como zombie hacia un cabaret nocturno lleno de tentaciones en  ‘Nightclubbing’, para la que Iggy queda al frente del escenario meneándose sobre una silla cual stripper.

La frutilla del postre para cerrar este bloque dark ambient llega con la pieza kraut  ‘Mass Production’, en la que los ruidos fabriles y grises de la capital automotriz de Detroit se funden en slow-motion con  su  voz crooner, logrando un crossover perfecto entre rock y electrónica que ha sido tan influenciable que hasta los mismos Soda Stereo se atrevieron a samplearlo para ‘Ameba’ de Dynamo.

Como  quien sabe que tiene la batalla ganada, Iggy se retira del tablado sudado y arrastrando a paso lento su cuerpo abatido rumbo a la salida, dejando un escenario caliente y un público que, pese a estar knock out, exige un último golpe final.

Tras la euforia de la gente, la banda vuelve a salir a escena con otra sorpresa inesperada del catálogo: ‘Repo Man’, una gema mid-80s que también incursionó en el mundo cinematográfico. Como si las muestras de afecto y participación no hayan sido suficientes, Iggy invita a que suba gente que lo acompañe para no sentirse solo arriba. Lo que empieza como un acto divertido entre pocos fans en cuero bailando a su alrededor se empieza a descontrolar y poner tenso cuando se desborda la cantidad de personas y el cariño se torna bruto. ‘Take it easy. Be cool. Don’t hurt me!’ grita James Newell Osterberg,  mientras la seguridad los invita con cierta violencia a retirarse.

Chau motherfuckers’, les grita Iggy, que aún conserva pólvora en reserva para ‘Gardenia’, el único repaso por su último álbum, y cinco clásicos explosivos de los Stooges promulgadores de caos y rebeldía  disparados al pie del cañón. ‘Search and Destroy’ y ‘No Fun’ vuelven a enfatizar la poca perspectiva y chatura en la que vivía inmersa la generación post-Guerra de Vietnam mientras que como alternativa el resto del setlist propone lo que tenían los jóvenes a mano para salir del paso: tomar ácido y experimentar una visión alterada del mundo (‘Down On The Street’), inyectar el cuerpo con música como droga (‘Loose’) o hacerle caso al instinto contracultural propio y vivir al borde de la cornisa con el éxtasis, la mugre y la furia del rock como religión (‘Raw Power’).

El broche definitivo viene unos cambios más abajo con ‘una que saben todos’,  el hit radial ‘Candy’ de Brick By Brick, que suena correcto pese a la ausencia femenina de Kate Pierson. Nuevamente la banda deja al maestro solo y, a modo de reverencia y para congelar la imagen, éste vuelve a saludar de cerca (por tercera vez!) al público y a dedicarle un ‘te amo a ti’.

La Iguana demuestra que tras las vestiduras de una piel añeja, sigue habitando la misma alma salvaje y de sangre joven que hace casi cinco décadas hizo vibrar al rock de las formas más impredecibles y espontáneas y que, aún hoy, conserva el poder de seguir haciéndolo.


Ph: Matías Casal (Cortesía Indie Hoy)

Txt: María Gudón