martes, 20 de octubre de 2026

Esto sí que es Argentina: Marttein y su Trilogía de La Decadencia



Martín Farid Olveira Rial -alias MARTTEIN- es de otra camada. Ya de por sí su nombre suena distinto, se impone con otro peso. Algo que se nota en su forma de pensar, en sus influencias, en la creatividad con la que comunica en redes y en cómo traslada su imaginario musical al vivo, poniendo el cuerpo como instrumento y campo de batalla.

Mientras presenciamos el lento deceso del trap -que por años se dedicó a enrostrar la meritocracia del éxito, lujo y vulgaridad contra enemigos invisibles- y las plataformas coronan al reggaetón caribeño y pop global, El Rubio elige plantarse firme en vereda local, presumir el fracaso y disparar contra la realidad que esnifa la cabeza.


Con orgullo (y amor que sangra) sentencia: ''Los pibes perdidos del siglo XXI corren por calles manchadas de amarillo. En el kiosco, en la esquina, esa música que suena es una gringuería. YO, ARGENTINA''. Una frase que va de lo micro a lo macro: válida para una identidad cultural que se está diluyendo, pero también para un país derrotado que agoniza con la soga al cuello frente a un gobierno cada vez más cipayo y entreguista.


Desde un ángulo poco explorado por su generación, Marttein cuenta cómo es vivir en la trinchera en tiempos de cambio y, citando a Gramsci, qué tipos de monstruos surgen de estos claroscuros.

Los arquetipos que describe desfilan a diario entre nosotros: en la calle, en reels, la tele o el Congreso de la Nación. Son los falsos profetas que vienen a despertar conciencias, vender fórmulas de éxito y aprovecharse de los vulnerables; los pibes sin norte que son adultos para ciertas cosas pero inmaduros y dependientes para otras. También los lúmpenes amigos de la noche, los funcionarios pasados de raya y los emprendedores herederos que -a corto kilometraje- tienen la vida resuelta con todo menos amor. En un punto, todos parecen criaturas salidas del puño de Enrique Symns y sus crónicas del under porteño en ''El Señor de los Venenos''.

Un universo que nace de adentrarse en lo profundo de las miserias humanas y de patear antros nocturnos, callejones, tugurios y zonas libradas a la buena de Dios.

Si se hace camino al andar, a sus 25 el purrete platinado gastó bastante las suelas haciendo safari. Acumuló millas que le dieron pie y labia: ''Abajo de la zapatilla tengo un tajo que me conecta con el centro de la tierra'', presume.


En La Trilogía de La Decadencia -como bautizó al compilado de EPs + disco- todos los caminos llevan a Roma. Las historias son distintas caras de una misma moneda que, sin querer queriendo, dan a la misma cortada: la de la frustración, la impunidad y el patetismo. Un resultado conceptual tan logrado que, además de la música, destaca por su dirección actoral y cinematográfica:

Para el proyecto Marttein se rodeó de un equipo talentoso: trabajó la expresión corporal con Roma Trigo, caracterizó a sus personajes con el vestuario de Juana Frontera y delegó la dirección creativa y guión en Valentín Mutti y Oliverio Sisso.


Repasemos, entonces, cada una de las partes del tridente filoso.



I - MARTTEIN, UNA PELÍCULA ARGENTINA:






Como en un tributo al Nuevo Cine Argentino (Pizza, Birra, Faso, Picado Fino, Mundo Grúa, Rapado y 76 89 03), Marttein narra su propia versión de los hechos con el diario de las ruinas de hoy.

Hijo del 2001, podrá tocar la debacle de oído pero también en este contexto aprendió perfectamente lo que es vivirla en déja vú. (''No hay que viajar en el tiempo para vivir el futuro'' declara en su feat. con Mariana Enríquez). 


En la peli somos testigos del amanecer de un día agitado para este paria, que convive con su madre, interpretada por Sandra Madonna (a quien muchos recordarán de MuchDance y Réquiem).

Su rutina es un loop constante: levantarse tarde, deambular en busca de aventuras y sumergirse en una fiesta mental que siempre termina como empezó: volviendo a casa reventado antes que salga el sol. Claro que nuestro antihéroe no tiene un pelo de boludo, sabe que ese plan a largo plazo no conduce a ningún lado (''El entretenimiento se puede complicar cuando eso que amás es lo mismo que te hace bajar'', blanquea entre beats de electrónica madchesteriana). Pero mientras tanto, sin un horizonte prometedor y con todas las de llevarse puesto al mundo, cree que se lo come crudo… aunque es el mundo quien termina escupiéndole la cara a él (''para un enfermo que se cree Superman el único futuro es estrellarse y después quebrarse. Pero no te rías de mí porque para vos tampoco va a ser fácil'', retruca).


Montado como el Tony Manero de Larraín, El Rubio arranca la gira nocturna con sus amigos. Entre lunfardo, sabiduría callejera y filosofía de cafetín, presume historias divertidas de raves, dealers que lo dejaron de garpe (un feat. clave con su amigo escolar Dillom) y levantes que terminaron en lugares oscuros.


Todo es risas hasta que la comedia se tiñe de dark y, en un cachetazo de realidad, aparecen la soledad, los duelos y el peso de dejar ir (¿o crecer?). Suenan notas tangueras para despedir amigos que se fueron (''esto se apagó como un pucho que se lo fuma el viento''), para sepultar a una Buenos Aires futurista que supo ser la ciudad que nunca duerme (''adentro en el apagón las ratas van corriendo entre lo poco que quedó'') y también matar la noción de amor romántico.


En una época fría mediada por pantallas y proyecciones donde es más fácil revelar el cuerpo que las emociones, Marttein desnuda su costado sensible. Lo que también pasa en sus shows, donde arranca más arropado y se va despojando de sus prendas hasta quedar en su esencia más cruda e íntima. El Rubio sugiere que este quizás no es un buen momento para amarse (''es loco que rodeado de tanta gente te estés quedando solo''). Como un poeta maldito expone un mal generacional: la histeria entre lo que asusta y anima (''quiero que me busques pero no, no me hables que me enamoro otra vez''), mientras está en el polvo de una relación sin conexión, con la mirada ausente.  

Si toda declaración de amor es urgente porque vamos a morir, por absurdo que hoy parezca, estamos condenados a sufrir por tibieza (''Afuera llueven tiros y adentro en tu habitación vas con miedo a que te apuñalen otro adiós'').


Y ahí mismo -en el encierro del cuarto- paralizado entre pensamientos intrusivos, inestabilidad coyuntural, traspiés personales y la lobotomía mediática, es donde la bomba de tiempo amenaza con estallar. La cumbia darkwave ''AAA'' es esa alarma activada, el grito del que toca fondo: una generación rota sin mucho por ganar ni perder que arrastra el peso de una pandemia y endeudamiento que hoy se están pagando caro. 


Pero no todo es bajón: en este panorama hostil, ''Una película argentina'' también funciona como un llamado de empatía y resistencia. Conecta con la disconformidad (''¿Dónde está el banquete que me prometieron?''), con los que quieren patear el tablero (''Queremos salir. ¿A dónde? ¡ADELANTE!'') y con quienes, como Marttein con sus shows, saben saborear pequeñas migas de gloria entre tanta pálida (''soy un fracaso pero en el antro hago que griten'').


Aunque su música no sea para todos los paladares, el hecho de que esta pieza capte un síntoma de época tan compartido ya convierte a Marttein en un vocero popular. 

Solo es cuestión de darle tiempo y dejar que se corra aún más la voz. O los gritos.

 







Para ver entre:


Pink Floyd: The Wall (1982) - Alan Parker

A Clockwork Orange (1971) - Stanley Kubrick

Naked (1993) - Mike Leigh

Trainspotting (1996) - Danny Boyle

Human Traffick (1999) - Justin Kerrigan

Sur (1988) - Pino Solanas

Mundo Grúa (1999) - Pablo Trapero

El Ángel (2018) - Luis Ortega

Joker (2019) - Todd Phillips

After Hours (1985) - Martin Scorsese



II - MARTTEIN, EL MARRÓN, MORIR AL SOL:



             

Vivir a merced de ''las fuerzas del cielo'' bajo el mantra de ''Dios proveerá'' crea un terreno fértil para cualquier tipo de fe o escapismo que prometa salvación o, al menos, un dejo de esperanza. 

 

Ante ese escenario, y protagonizando una especie de film de sectas de los 70, Marttein desembarca en un pueblo rural. Es el Predicador de un nuevo culto cannábico: el Marrón (prensado paraguayo). Pese a la desconfianza inicial de los lugareños (''Yo la entiendo señora, yo lo entiendo señor, no le culpo si piensa que la decadencia soy yo''), logra evangelizar al rebaño con sus poderes fumativos hasta evadirse, exorcizar sus mambos y hacerse uno con el humo: ''Le gusta a todos ellos, también lo hago yo, debe ser la pulsión a la autodestrucción o quizás simplemente es el marrón''.


Después de quedar completamente noqueado, la pista electrónica de ''Morir al sol''  le reclama en súplica existencial su pulso vital, aunque el cuerpo ya no de señales ni responda (''Te despertaste otra vez rodeado de tragedia. ¿Te preguntaste alguna vez cómo vamos a hacer para salir? Porque yo quiero saber quién va a conquistarme acá y llevarme a un rincón que no me haga sentir mal'').


Un cruce que demuestra que las drogas y creencias religiosas pueden ser bálsamos sociales parecidos a la hora de anestesiar el dolor, aliviar la tensión y entrar en un limbo.




Para ver entre:


Marjoe (1972) - Sarah Kernochan, Howard Smith 

Wild Wild Country (2018) - 

The Source Family (2012) -  Maria Demopoulos, Jodi Wille

Weeds (1972) - Alex de Renzy

Grass (1999) - Ron Mann



III - MARTTEIN, ESPECTACULAR



             


En una sátira tan brillante como despiadada, el corto y EP Espectacular desnudan la crueldad sin filtro de estos tiempos neoliberales e individualistas.


Como un yuppie noventoso salido de una novela de Brett Easton Ellis, acá Marttein encarna la última fantasía aspiracional de todo pubertario: el Criptobro vacío de moral que cartelea una vida de lujo, poder y derroche.


Nuestro alpha-male es un Tincho fachero, ambicioso y arrogante que mira al mundo elevado desde el paraíso fiscal de su penthouse y su burbuja de privilegios (''Vení a descansar al lugar donde todos sonríen. Nadie tiene problemas, nada que pagar'' ironiza). 

Siendo el nepobaby al mando de la empresa familiar, para él todos los días son sábado y la suerte está echada: el éxito no viene por accidente. En su tierra de oportunidades rige la ley de la jungla y solo sobrevive el más apto. ''Todos juegan para ganar, pero yo tengo una buena habilidad para pisarlos'', cancherea sobre los beats frenéticos de ''Superofertas'', un cuarteto techno-raver, mientras mantiene a la oficina en vilo para amasar su fortuna.


Las palabras del consejero y socio Tomás Rebord llegan para frenarle el carro frente a tanto atropello y evitar que el negocio se vaya a pique. Le advierten que todo lo que sube en algún momento también baja:

''No tenés la menor idea de quién sos. (...) ¿Vas a hacer algo con lo que tenés o te la vas a patinar toda? ¿Sabés por qué te lo digo, nene? Porque todo esto que ves se acaba: el bailecito, la joda, el pelotudeo…''. Pero, lejos de cobrar consciencia, el Ricky Ricón de las finanzas opta por entregarse a la farra, los excesos e impulsos primales. Apaga la presión y el ruido ambiente para eyectarse de la realidad hasta pasarse de rosca.

En ''Pizza Party'', su colaboración con Six Sex -un guiño explícito al menemismo de la Pizza con Champán- la electrónica se pone brutal. Se endurece como sus facciones y como el contexto, mutando en un inframundo donde ya no se distingue si lo que vemos es el reflejo de una realidad monstruosa o el mal viaje de una pesadilla lisérgica y peposa. 


Al igual que en ''Una película argentina'', esta es la otra contracara del país. La del cerco VIP versus la realidad deteriorada de la calle. Mientras afuera el clima está caldeado entre palos, despidos, cierres y la falta de oportunidades para ''agarrar la pala'', dentro de los recintos de poder circula otra pala y unos pocos son los que habitan la dimensión de lo espectacular.


Cualquiera de los caminos, como en toda esta trilogía, no parecen augurar finales prometedores.




Para ver entre:


American Psycho (2000) - Mary Harron

The Wolf of Wall Street (2013) - Martin Scorsese

In the Company of Men (1997) - Neil LaBute

Scarface (1983) - Brian De Palma

Plata Dulce (1982) - Fernando Ayala

Climax (2018) - Gaspar Noé




 

 

Para escuchar a Marrtein entre otros discos como:


El Presidente - Las Multitudes Argentinas (2026)

Mag - 2001 (2025)

Juana Rozas - TANYA (2025)

Blanco Teta - La debacle de las divas (2025) y Rompe Paga (2023)

La Piba Berreta - Un Dios nuevo (2023) y Golpe de (M)Suerte (2021)

Lucas Martí - El sonido de lo que nadie quiere ver Vol. 1, 2 y 3 (2024)

Sumo - Fiebre (1989) y Llegando Los Monos (1986)

Los Prisioneros - Pateando Piedras (1986)

Viagra Boys - Street Worms (2018)

Happy Mondays - Pills N’ Thrills and Bellyaches (1990)

The Prodigy - The Fat of The Land (1997)

Goldie - Timeless (1995)

Ed Rush & Optical - Wormhole (1998)

The Streets - Original Pirate Material (2001)

Front 242 - Up Evil (1993), Tyranny >For You< (1991) y Official Versión (1987)

Nitzer Ebb - That Total Age (1987)

Front Line Assembly - Hard Wired (1995) y Tactical Neural Implant (1992)

Nine Inch Nails - Pretty Hate Machine (1989)

Algún compilado de Gabber de la serie Thunderdome (Vol I al X)


jueves, 17 de septiembre de 2026

Oasis - ‘’Don’t Look Back In Anger’’: Perdonar es divino (y mueve la fe y montañas de millones)


Nadie creía posible el milagro. Y sin embargo -sin conferencias de prensa ni grandes movidas estratégicas- Oasis metió un volantazo en la agenda para marcar uno de los eventos culturales de 2025.

La única foto promocional del ''Live ‘25 Tour'' mostraba a los Gallagher en blanco y negro plantados al frente pero venía cargada de incógnitas. La expectativa era enorme y ni ellos sabían si iban a estar a la altura.

¿Se reunieron para el shooting o fue un fotomontaje? ¿Compartían los ensayos o cada uno iba por su cuenta? ¿Cómo se completaba la formación? ¿La vuelta fue una movida de marketing o finalmente enterraron el hacha? ¿Podrían terminar la gira sin matarse como Rómulo y Remo? Las canciones, química y rendimiento, ¿tendrían la misma entrega que en los 90 y 00?


Por suerte el film Don’t Look Back in Anger llegó para iluminar el detrás de escena: con una parte de lo que no se vio tras bambalinas pero se debatió durante los largos meses de espera entre el anuncio y kick-off del tour. El documental arranca justamente ahí, retomando los cabos sueltos que dejó la infame pelea en el festival Rock en Seine de Francia (2009), el punto de quiebre definitivo.


¿La reunión de Oasis? Puede deberse a varios motivos que se comentaban por lo bajo pero que el film no revela: la maquinaria de facturación financiera (que vino bárbaro para pagar el divorcio millonario entre Noel y Sara), cumplir con el pedido de su madre Peggy o el deseo de acercar el legado a sus propios hijos y a las nuevas generaciones que jamás los vieron en vivo. O, quizás -tras años de aventuras solistas- fue simplemente llegar a la conclusión de que dos bueyes creativos tiraban con más fuerza del carro juntos que por separado. 


Dicho así, en crudo, nunca lo sabremos, ya que esta película no se enfoca en el chimento. Lo que sí queda subrayado es que detrás del corazón de la banda de Manchester late una comunidad global de fans y es por y para quienes se armó la vuelta y el doc, que va en la misma línea temática que el de Knebworth.



Liam y Noel conocen (y no reniegan) el poder nostálgico de sus canciones, saben cómo se resignificaron y expandieron hasta volverse familiar to millions. También entienden que el mundo no es lo que era antes y que, post-pandemia, algo se rompió. En tiempos alocados donde la tecnología nos pisa los talones, las malas noticias abundan y la política es un club de excéntricos (citan imágenes de Trump, Milei y Elon Musk con la motosierra), la música es un puente de escape necesario para elevar, conectarse con otros y mantener vivos los rituales humanos. (Lo que explica, en parte, el fenómeno de tantos estadios sold out en horas, con tickets y merch a precios desorbitantes).


Más allá de la razón que justifique el comeback, hay algo transversal y genuino: la historia personal que une a cada fan con Oasis. En eso se centra la siguiente hora y media. 


A medida que la gira avanza -escalando desde el Reino Unido y su ancestral Irlanda a Corea del Sur, Latinoamérica y Estados Unidos-  el film va recolectando testimonios de la common people (o lo que Lennon definiría como ‘’I am he, as you are he, as you are me and we are all together’’). Vivencias que podrían ser tuyas, mías o nuestras sin importar el área geográfica. Como punto criticable, a veces los aportes se van por la tangente o pecan de ser demasiado sentimentales, pero a la larga terminan construyendo el relato de un romance inseparable entre banda + fanbase.




Con un montaje maestro, los directores Dylan Southern y Will Lovelace compaginan estas historias de vida con los registros de shows y el folklore que se respira en cada ciudad del mapa, demostrando que el mad fer it no conoce límites ni idiomas.  

All around the world se vive lo mismo: euforia previa, pasión, trance emocional y sudor, risas y llanto cuando se amplifican los himnos.

A lo que se le suma el abrazo tribunero del Poznan y un clímax donde se guardan los mejores hits como balas de plata, llevando al espectador en un viaje que arranca frío y termina prendido fuego. El mérito en gran parte se lo lleva el diseño sonoro de Tarn Willers y James Mather (responsables por el Oscar de Zona de Interés), que suben a tope el volúmen en los peaks de gloria. 


Obviamente, Argentina -patria futbolera- forma parte del masterplan con su parada obligada, donde un hincha del Ciclón cuenta cómo adaptó ''Wonderwall'' a canto de cancha, una acción poética que se completa con la barra del CASLA tocándola con bombos y platillos. (!)


Por momentos aparecen contradicciones que hacen ruido, como ver a Oasis autoproclamándose emblema de la working class cuando hoy gozan de un presente holgado y sus shows pasaron de experiencia popular a VIP. Pero hay algo que Liam y Noel no olvidan: sus orígenes, el haberse hecho de abajo y a quiénes representan, admitiendo que son una banda para todos pero jamás de derecha política. Un statement que se refuerza con un gesto inclusivo: sumando planos de laburantes que se ganan el mango con la venta de sus productos no-oficiales o captando a los fans que -sin entrada- también fueron parte de la fiesta, colándose o escuchándolos afuera del estadio. 


¿Otras cosas cuestionables? Probablemente el escaso material de las seis semanas de ensayos (donde se podría ver chispa o fricciones) y la decisión de omitir la palabra del resto de la banda: Gem, Andy y Bonehead (quien atravesó un problema complejo de salud en pleno tour). Tampoco hay un paréntesis para los años de ruta con Richard Ashcroft, a quien eligieron como invitado de lujo para abrir la gira. Que no aparezcan sólo enfatiza el único punto claro: acá el protagonismo es colectivo y el mensaje de hermandad que se baja va de los Gallagher hacia el público.


Los bocados más ricos de las entrevistas a la dupla -donde se nota a la legua quién es el entertainer a lo Pinky y quién lleva la batuta como Cerebro-  aparecen hacia el cierre. Pero atención: lejos de los excesos, la elocuencia polémica y la honestidad brutal de los viejos tiempos, los Gallagher ahora hablan desde una postura sospechosamente relajada, con reflexiones de vida que, si bien son sinceras, huelen a coacheo.

 

Entre líneas dejan caer algunas enseñanzas bíblicas en tono ChatGePeTero sobre ser fiel a uno mismo (‘’I need to be myself, I can’t be no one else’’), venir al mundo a hacer lío y divertirse. Pero, por sobre todo, el gran axioma es el que bautiza al film: no mirar atrás con bronca. El mensaje que machacan en todo momento es el de saber perdonar a tiempo por el bien común, como ellos lo hicieron con su tregua histórica, firmada a través de la música para la felicidad del pueblo.


Cuando pasa el pico de euforia, la fiesta termina y se baja el telón. La elección de ''What The World Needs Now'' de Burt Bacharach para musicalizar el cierre de gira mientras la gente abandona el estadio hacía su rutina es acertadísima, tierna y hasta un poco agridulce (preparen los pañuelos). 


Quizás lo que el mundo necesite para sanar en estos momentos duros y egoístas no sean grandes milagros: tal vez alcanza con buenas canciones que sacudan emociones, con volver a celebrar lo simple y elegir compartirlo.


El documental deja una dosis de optimismo y la invitación a defender y sostener estas tradiciones reales, que aunque parezcan algo de otro siglo y se estén perdiendo, todavía son posibles.


Para quienes quieran probarlo o repetir, a prepararse que en 2027 hay revancha.








Otros films y documentales similares para ver:

Oasis Knebworth 1996 (2021) - Jake Scott
Oasis: Supersonic (2018) -  Mat Whitecross
Oasis: There and Then (1996) - Dick Carruthers, Szaszy
Oasis: Familiar to millions (2000) - Dick Caruthers



sábado, 16 de agosto de 2025

Los discos: son tantas cosas



Esto que estoy escribiendo se complementa con esto otro de hace mucho tiempo atrás. Años, emociones intensas y mucho recorrido tuve que pasar para entender mejor el origen y porqué de algunas cosas. Entre ellas, mi relación especial con la música, una cuestión que me empecino en desovillar una y otra vez para encontrar el punto de inicio que hilvana todo.

Probablemente sea lo más privado que escriba, pero en este momento de cambios, movimientos, resignificaciones y apropiaciones, necesito que tome cuerpo y letra. Y acá lo saco como sale, sin editarme demasiado, con una mano en el corazón y con el corazón en la mano.


Creo que vine a este mundo cableada de otra forma, probablemente enchufada antes a un amplificador o equipo que conectada al cordón umbilical de mi madre. Al no haber tenido la típica filmadora de mano con las que las familias más pudientes registraban todo en los años 90, gran parte de los recuerdos alojados en mi memoria RAM se asocian a flashbacks musicales y están ligados a canciones, que desde siempre fueron un marco disparador de referencia para ubicarme en tiempo y espacio y desenterrar memorias fotográficas. Hay un porqué.


En la música encontré algo que no precisamente abundó en casa de lo que caí en la cuenta siendo adulta: contención, confidencia, un abrazo reconfortante, amoroso y familiar, una forma de relacionarme, tacto, latidos y pulsión de vida. Con ella pude remendar algo de mi propio pasado que ni siquiera rompí: me ayudó a juntar y pegar algunos pedacitos de porcelana que vinieron quebrados (¡no fallados!) de fábrica.


En un camino de vida transitado alrededor de ella, y habiendo trabajado en la disquería Abraxas, pero especialmente con ayuda de terapia encima, es cuando empecé a registrar algo de esto.


Una persona mentora y muy paternal como Fernando (o ‘’Pau’’ para la gente del palo) me enseñó -al principio con cierta desconfianza, pero siempre con cariño y dedicación-, cosas del oficio y la cadena disquera: desde que entra un lote y se lo pone a punto, clasifica y aprende a venderlo hasta que tiene salida.


Detrás del montaje y toda esa dinámica hay un proceso paciente y dedicado de atención, reparación y cuidado.  De recibir algo cascoteado a ponerle amor y tratar de levantar su estado limpiándolo, suavizando sus ‘’rayitas’’ superficiales para que suene y se vea mejor, enfundándolo y, finalmente, exhibiéndolo a la conquista de nuevos ojos y oídos. (Casi como cuando levantás de tránsito a una mascota de la calle y vas viendo su evolución). Lo que yo no sabía era que en ese fino arte no se hablaba sólo de arreglar discos: en el proceso también me estaba acondicionando a mí misma ante algunas carencias. 


Algo en mí siempre resonó con el mundo de los vinilos: muchas veces me sentí un objeto olvidado a un costado, esperando a ser descubierta o reconocida porque no sabía mi propio valor ni la batea donde encajaba o qué lugar ocupaba. Y es medio injusta la naturaleza cuando sabés que cargás con potencial pero no llevás etiqueta ni sabes venderte: la tapa puede confundir o no decir mucho, pero quizás las sorpresas están en los surcos, algo que solo se puede saber si se toman el tiempo de registrarte, escucharte y conocerte. Un poco ese es mi anhelo y lo que me propongo (¡y cómo cuesta!): sacarme la funda o velo con el que me cubro y aprender a mostrar mis colores, melodías y sonidos, aunque a veces no sepa cómo o dé una impresión equivocada.


Hay algo terapéutico en mi relación con los discos. Acariciando superficies amables pude compensar situaciones un  poco ásperas. Los discos fueron mis juguetes preferidos y entiendo porqué: ‘’play’’ o ‘’tocar’’ también es una forma de jugar, creando ambiente y condiciones. Tomé el brillo negro de su materialidad como espejo para aprender a ver mi reflejo, cuando muchas veces no tuve uno. Escuché miles de historias de otros musicalizadas para estar aprendiendo a contar y sacar afuera la mía, entendiendo por primera vez cómo suena cantada por mi voz y a mi propio ritmo.

Recibí cobijo en melodías y me vi más influenciada por palabras de figuras musicales que en abrazos o consejos de mis propios padres. A través de la música, el canal vincular con el que alguna vez tuve pero perdí la sintonía en familia o me diferenció de algunos compañeros de colegio, encontré una herramienta poderosa y transformadora para conectar con otras pocas personas que no precisamente fueron familia pero se terminaron haciendo familiares.


Sigo en work in progress y en Zona de Obras (trabajando literalmente ahí), en proceso de reparación. Todavía arreglando grietas, maquillando raspones, sacando mugre acumulada de los surcos más hondos y entendiendo en qué sección me muevo para encontrarme con quien esté dispuesto/a a escuchar mi música, que desde ya, sé que no es para cualquier gusto y, como mecanismo defensivo, no se deja agarrar por cualquier par de manos. (¡Maldita selectividad de nicho, que ni siquiera yo entiendo!)


Pero toda esta pasión y relación con los discos tiene un origen que viene desde lejos y hace tiempo, un contexto donde se plantó semilla.


Después de años de uso intensivo -quizás los mejores de mi infancia-, los discos en vinilo de mi padre que formaron parte de la educación musical y crianza con mi hermano pasaron unas cuantas temporadas escondidos en el sótano de nuestra vieja casa familiar, descansando entre polvo y humedad (casi como cuando se manda algo al cajón del olvido porque se da vuelta la página de una etapa de vida). Algunos pocos fueron sobrevivientes y muchos otros de la colección terminaron siendo ninguneados al punto de la negación (de ahí mi fascinación por Virus!), con las portadas decoloradas o acartonadas, con las bolsitas internas desintegradas o los discos de PVC pegados a la tapa que, aún tratando de separarlos, ya no se podían escuchar más.


Con el divorcio de mis padres y el cambio de formato por el arribo tecnológico del mp3 a comienzos de los 2000, a mi viejo ya no le interesaba llevárselos porque le ocupaban espacio, para él eran un bien innecesario y no los quería más.


No podía permitir ni dejar que algo que había llenado un lugar tan inmenso, valioso e importante en mi vida tuviera como paradero terminar en estado de abandono, en manos desconocidas o desechado en un container. A diferencia de él, a mí sí me importaban por lo que representaban. Los discos eran recordatorios de tiempos más felices, de algo que alguna vez todos habíamos experimentado donde vivíamos, la sensación de una casa. Ahí  estaba sonando en alta frecuencia y fidelidad mi verdadero viejo, una persona conectada a sus pasiones en sus ratos libres cuando se encendía activando sus equipos, ya que no persiguió sus verdaderas búsquedas personales por miedo al fracaso o para seguir un negocio heredado de tradición familiar. 

También mi mamá, una persona con un ello desbordado (por momentos rozando la cuerda  del desequilibrio) y un pasado duro, que encontraba en el baile, risa y movimiento aeróbico, motivación y un torrente de energía arrolladora para liberar nudos y tensiones. Y mi hermano y yo, pequeños aprendices muy respetuosos y tranquilos con destellos de curiosidad e inquietudes, absorbiendo en nuestros cerebritos data como esponjas mientras jugábamos, dibujábamos, nos disfrazábamos o cuidábamos, siempre con esos rituales musicales sonando a todo volúmen alrededor en el living, pasacassette o compactera del auto.


A mis 15 años, cuando el mapa familiar empezaba a dividirse, era chica pero lo suficientemente madura como para decidir que esos discos tenían que irse a vivir conmigo como sea, aunque todavía no tuviera mi propio lugar ni dónde reproducirlos. Y así fueron migrando en un par de casas hasta llegar al departamento en el que estoy, quedando bajo mi poder.  Aunque no conociera en ese entonces mucho de su lenguaje técnico o universo, sabía que iba a comprometerme a protegerlos como un tesoro sagrado y que, bajo mis manos, nunca iba a pasarles nada malo.

Cuidarlos también era una forma de cuidarme, de preservar una parte linda de mi historia y tener al alcance esos pequeños chispazos de luz que -en contacto con la púa- me dieron vida y forma.


Fig 1. La herencia. El mismo mueble de discos, la pasión intacta con los años. Mi hermano atrás en el cochecito y la mente maestra detrás de la ingeniería de conectar todo.

Al traer este mueble familiar -lo último que faltaba después del tándem de LPs, bandeja y bafles- cierro (¿o abro?) un círculo medio simbólico. Como objeto me obliga a replantear mi espacio personal, a reacomodar, dar bienvenida a cosas nuevas y deshacerme de otras que estoy soltando. Hace que termine de apropiarme de mi historia y le de a mis pertenencias y emociones un contexto, el verdadero lugar que quiero y se merecen.


¿Ocupa lugar en el departamento? ¡Un montón! Pero también es el que necesito darle a las cosas que me importan. Poder pararme a verlas de frente y a la misma altura y entender, al igual que con mi familia y rasgos, en qué me reconozco de todo lo que conservo, qué me hace ruido y es mejor dejar ir y cuánto cambié, crecí y sumé a esta colección de vida.




(Cita del tema ''Tu Entregador'' de Lucas Martí)


Más allá de tomar distancia y estar dolida con mis viejos en ciertas actitudes (en un caso hasta no vernos más) y que nunca vayan a leer ni saber de esto (como tampoco otras cosas en las que no se interiorizaron por llevar una vida medio insular sin registro profundo), si les agradezco algo es por haber destapado como una cañería o stent arterial (quizás de forma intencional o accidental) esta pasión que fluye en mí  y continué desarrollando sola y en cruce con otras personas, un salvavidas que siempre me acompañó, ayudó a salir a flote y me dió el mimo que en muchas situaciones hubiera necesitado.


Por eso digo que entré al mundo musical por la puerta de atrás, desde un lugar emotivo: no anduve buscando a la música pero tuve la fortuna que ella me haya encontrado a mí.  Me alcanza con tener cerca lo que moldeó mi gusto, me atrae y sé que va a traer o generar momentos de calidad a mi vida. Y que esa capacidad de fascinación y descubrimiento me siga asombrando después de 38 años con el mismo impacto que cuando era chica, que la llama de la curiosidad todavía siga prendida, es algo que me hace sentir por momentos viva y en cierta paz conmigo misma, de saber que algo bien hice con lo que recibí.


La música representa cosas físicas cargadas de valor y subjetivación como las que nombré pero también -y quizás este sea su mayor atractivo- materia invisible e intangible. Es poder, emoción, conexión, magia, sincronía, sinergia y sintonía, juego, misterio, irracionalidad y absurdo, cosas que nos genera que no podemos poner en palabras pero están grabadas en el aire y solo con mucha atención se llegan a distinguir entre tanta interferencia zumbando en el ambiente…


¿Para qué seguir explicándolo?

Uno de los tantos gurúes que dejó marca en mí tiene mejor capacidad que yo para resumirlo en una canción.

Son tantas cosas…




Un poco de cómo se viene sintiendo transitar, procesar y duelar tantas cosas en el camino los últimos años y meses:









Las canciones que formaron parte de mi primer fragmento de vida y sonaban a volúmen ensordecedor, compiladas en esta playlist de Spotify:


Pasajes que me representaron del libro ‘’Al sur de la frontera, al oeste del sol’’ de Haruki Murakami




Pasajes con los que resoné del libro ‘’No-cosas: Quiebres del mundo de hoy’’ de Byung-Chul Han







Fig. 2, 3 y 4. Agarrada al formato físico desde que tengo uso de razón: con 7'', cassettes y más tarde CDs.

Fig. 5. Intentos de tocar música. Hubo y hay buen oído, faltaron buenos profesores y paciencia.

Fig. 6. Mi habitación en transición. Del rosa al negro. Not a girl, not yet a woman. Al lado, el equipito que me acompañaba con la radio y cassettes en noches de insomnio o cuando no había tenido el mejor día escolar.



Fig. 7. Mi paso por Abraxas (2014 - 2018). Un lugar y trabajo que me dió un gran abrazo, aprendizaje y reafirmó muchas seguridades.


Fig 8. Diciembre de 2022, primer año de vivir sola luego de una larga etapa de convivencia. Discos que, por sus palabras y sonoridades, fueron una caricia al alma. Por suerte yo y ellos nos reacomodamos y ya no estamos más en el piso.


Fig. 9. Presente continuo. Integrando partes de esta Transformer de cosas que soy y me hicieron. 

Preguntándome si en 10 o 15 años voy a volver a escribir algo sobre mi relación con la música y cómo va a seguir mutando.